lunes, 6 de junio de 2011

La isla de los brujos

La isla de los brujos

Articulo del Diario "la Capital" de Rosario, Argentina.Abril 2011
Publicado por Eliazer Budazoff...en su paso por el Chiloe Profundo

El Archipiélago de Chiloé, al sur de Chile, es un pequeño mundo poblado de mitos y leyendas, donde se hizo famosa una sociedad de brujos que fueron enjuiciados en 1880.

Fue un proceso que representó la persecución del Estado y de la Iglesia a cierto tipo de saberes y poderes que aún perduran en la isla. Los conocimientos y las creencias ancestrales de las distintas culturas originarias chilotas, principalmente la mapuche-huiliche, son la base de acción de un equipo de profesionales de la salud, que trabajan para que las comunidades recuperen sus saberes y su autonomía en salud. Una vuelta por el Chiloé profundo.

Un viernes de diciembre de 2009, el médico Jaime Ibacache Burgos recibió a un argentino que había llegado a la isla de Chiloé siguiendo una vieja historia de brujos. El Archipiélago de Chiloé es como un pequeño continente anexado al territorio chileno, al sur de Puerto Montt, donde existió la única organización oficial de brujos de la que haya registro en Occidente. La isla se ha convertido hace años en un destino turístico del tipo alternativo: es un mundo insular dotado de una belleza antigua, distinta, poblado de construcciones de madera y de leyendas que se alimentan del espíritu del mar y de las culturas ancestrales que lo habitan.

Jaime Ibacache tiene poco más de 50 años, un rostro que reúne rasgos indígenas y ojos claros, pelo largo, zapatillas. En el sur argentino había conocido veteranos ecologistas que se definían a sí mismos como “hippuches”; Ibacache podía ser uno de ellos: mitad hippie, mitad mapuche. A partir de su trabajo en la Unidad de Salud Colectiva, el médico chileno había filmado y subido a Internet una serie de cortos en los que rescataba tradiciones arraigadas en la población rural chilota, síndromes culturales, prácticas y creencias. En uno de los videos titulado “Cacho de camahueto”, una kinesióloga –colega de Ibacache–, se hacía tratar un esguince con el raspado de cacho de camahueto. Un cacho es un cuerno. El camahueto es un animal mitológico típico de Chiloé: algunos lo describen como un ternero de pocos meses y otros como un elefante de mar; una especie de unicornio que posee una fuerza descomunal y un cuerno con poderes mágicos. Pertenece al mundo de las aguas.

“Hay ciertos grupos dentro de la población originaria que son capaces de cazar este ser, y le cortan el cacho. Ese cacho sirve para hacer el bien o el mal. No me gustan mucho las palabras bien o mal, porque son palabras judeocristianas. Es otra cultura. Con el raspado del cacho de camahueto la gente se mejora de las fracturas, de los esguinces. Se puede tomar, tiene varias propiedades, pero si le das demasiado a una persona, se encamahueta y se vuelve loca por 40 años”, le explicó Ibacache. Eso, le dijo, ya estaba escrito “en el proceso que se hizo a los brujos de Chiloé en 1880. Uno de los acusados de brujería dice que le compró el cacho de camahueto a otro por tantos centavos. Fíjate: 1880”. Unos meses atrás, año 2009, Ibacache había filmado a una mujer que todavía usaba el cacho de camahueto para tratar pacientes en un islote de los que rodean la Isla grande de Chiloé, y a otra señora más que hacía trabajos con el cuerno en las afueras de Castro, capital del Archipiélago.

Este último caso, el de la señora Purísima, fascinaba al médico porque condensaba dos fuerzas poderosas de la realidad chilota, dos mundos que convivían en una misma casa. Mientras doña Purísima seguía manteniendo una práctica cultural que ya atravesaba varios siglos, y que había resistido la colonización española, su hija se había entrenado para ser mujer buzo, y trabajaba entonces para las empresas salmoneras instaladas en la isla, emblemáticas de un modelo de desarrollo asociado a la concentración económica, a la pérdida de diversidad, a la exclusión.
“Hay muchas Chiloé dentro de la misma isla”, le dijo el médico esa tarde. Era un viernes luminoso, uno de los primeros días de sol de diciembre, y en la oficina de la Unidad de Salud Colectiva ya no quedaba nadie. Desde la ventana se podía ver la plaza central de Castro, el centro salpicado de farmacias, la iglesia principal de la ciudad, una de las 16 que habían sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por su arquitectura única. Antes que atardeciera, Ibacache se ofreció a llevar al argentino a ver ciertos rincones de la “Chiloé profunda”, esa isla que permanecía oculta a la “Chiloé superficial”, a la polución turística y al modelo de desarrollo de las salmoneras: una isla compleja y multicultural donde se cruzan las tradiciones indígenas, las raíces de los mapuche-huiliche y de los chonos, la herencia cruzada de los yámana y de los kauashkar. Una isla donde los sanadores tradicionales sobrevivían al prejuicio, y donde aquello que desde afuera podía ser visto como mito, como creencia primitiva, allí formaba parte de una forma de ver el mundo en la que las energías son capaces de curar y de enfermar.

Entonces no lo sabía: había llegado a la isla buscando mitos y leyendas, siguiendo una antigua historia de brujos, y en cierta medida había dado con uno de ellos.

Inquisiciones
Cuando los españoles llegaron a Chiloé, los pueblos originarios que habitaban el Archipiélago adoptaron el catolicismo, pero nunca dejaron completamente de lado sus ritos, aunque muchos mantuvieron en secreto sus conocimientos sobre el uso de las plantas medicinales por miedo a ser acusados de brujería. La comprensión de la salud y de la enfermedad, en la isla, estaban determinadas por raíces y saberes ancestrales que cuestionaba el poder –simbólico y real– de los conquistadores. La ignorancia y la intolerancia religiosa se convirtieron en condena: todas esas prácticas ahora eran obra del demonio. En abril de 1880, la intendencia de Ancud (hoy la segunda ciudad más importante de Chiloé), a cargo de Luis Martiniano Rodríguez, emitió una circular ordenando el arresto de todos los individuos reputados como “hechiceros o brujos”: las cárceles se llenaron velozmente, y comenzó un largo proceso judicial conocido hasta hoy como “el proceso a los brujos de Chiloé”.

“Existe en Chiloé, desde época muy remota, una asociación de brujos llamada por los habitantes del Archipiélago ‘Médicos de la tierra’, y entre ellas es titulada con el nombre de ‘La Recta Provincia’”, describió entonces Ramón Espech, un hombre que se había dedicado a los más diversos cargos públicos y actividades en Chile, y que sacó copias de las declaraciones más importantes del proceso para enviarlas a Benjamín Vicuña Mackenna, político e historiador chileno. “Esta institución llegó a hacerse temible no sólo para los indígenas, que fue entre los que tuvo origen, sino también para la gente ilustrada y hasta para las autoridades. Adquirió tal poder que un brujo era entre los chilotes más respetado que los gobernadores y hasta que los curas mismos. Cuando a un cura se lo interpelaba sobre la existencia y poder de los brujos, contestaba con cierta sonrisa de duda: ‘no hay brujos; pero cuidarse de ellos’”.

Según la mitología, el origen de la Recta Provincia se remontaba a una competencia de magia en épocas de dominación española. La leyenda cuenta que José Moraleda –que realmente existió–, visitó Chiloé en su buque, y desafió el poder de una machi (especialista en medicina de la población indígena) llamada Chillpila. Entre las varias demostraciones que se hicieron mutuamente, Chillpila le juró al español que podía dejar en seco a su buque en el mismo lugar donde estaba anclado, y así lo hizo. “Moraleda con esto se dio por vencido, y en señal de reconocimiento regaló a la Chillpila un libro de hechicerías para que enseñara a los demás indígenas (…) La Chillpila llevó el libro a Quicaví para que aprendieran los indígenas y de ahí se organizaron las asociaciones en las que ahora figura el declarante”, relata un fragmento de la declaración de Mateo Coñuecar, un agricultor de 70 años que compareció ante el juez de Ancud el 26 de marzo de 1880.

Un sábado por la tarde, en un rincón de playa de Castro, mientras las miradas de este cronista, de Jaime Ibacache y de su amigo Wilki –nombre que en lengua mapuche significa zorzal– se pierde en las costas orientales de Chiloé, el Wilki relata a pedido del médico la misma historia que funciona como mito originario de la sociedad de los brujos. La competencia de magia entre una machi y un español, el desafío de la machi, la prueba de su poder: dejar en seco el buque en el mismo lugar donde estaba anclado. Es una historia que acostumbran a contar para dar clases a alumnos de Ciencias Sociales y de la Salud en distintas universidades, o bien cuando alguna comunidad los invita a hacer talleres sobre Salud Colectiva, explica Ibacache. Las mareas en Chiloé son muy altas y de ciclos rápidos, lo suficiente como para que un barco pueda quedar en seco y ponerse a flote en cuestión de horas. Allí radicaba el poder de la Machi: en el conocimiento profundo del mundo que la rodeaba.

Durante el “proceso a los brujos de Chiloé” se llevaron a juicio a decenas de personas que declaraban o eran acusadas de pertenecer a la llamada Recta Provincia, que trabajaba por encargo para curar o dañar a otras personas, y administraba Justicia. Muchos de esos “brujos” fueron encarcelados, acusados de participar en asesinatos y otros delitos, aunque debieron ser liberados porque no se pudieron hallar pruebas materiales de los hechos, ni se pudo demostrar que por pertenecer a una organización de brujos estaban cometiendo un delito. “Hasta 1880, igual que la Araucanía, igual que el sur de Argentina, Chiloé estaba todavía entre los territorios no anexados”, señala Ibacache. “Así como en Argentina aparece la Conquista del Desierto, como si allí no hubiera existido nadie, acá se da el proceso a los brujos. Todo esto formaba parte de una estrategia evidente de los Estados. Y acá, además, también estaba en juego toda la cuestión religiosa”.

Sobre las creencias chilotas se han publicado miles de libros, explica el médico, libros que cuentan la historia “como fábula, como cuento, como leyenda. Esta cosa de ‘Chiloé, territorio de brujos’. Un autor de Castro, dice, “plantea de que el mito se reinventa, que la leyenda se reinventa, porque si no se muere. Por eso es que tú puedes encontrar diferentes versiones de cada uno, según la zona, según la cultura que haya de fondo”. La creencia en los brujos sigue arraigada hasta la actualidad en Chiloé, aunque por lo general se utiliza para calificar a quienes tienen conocimientos sobre la medicina natural o creencias en la magia, y también para dañar la reputación de algunas personas, sobre todo si son pobres, indígenas o ancianos.

Lo que es es
La Unidad de Salud Colectiva pertenece al Servicio Salud Chiloé, que es un organismo público, y está integrada por un médico –Jaime Ibacache–, una antropóloga, una psicóloga, una asesora cultural huiliche y una facilitadora comunitaria. El objetivo de la Unidad es construir autonomía en salud para las comunidades, en contraste con un modo de concebir la salud que te hace “dependiente. Dependiente de los medicamentos, de los especialistas, dependiente del otro. No fortalece nuestro sanador interno, que toda la gente lo tiene, y que este sistema occidental de medicina cartesiano se lo ha expropiado a la persona, y que es lo que se transmite a través de los medios de comunicación y a través de las políticas de desarrollo. El negocio hoy en Chile es la farmacia. Todo el mundo quiere consumir algo”.

Dispersa por los rincones de Chile, dice Ibacache, existe “toda una red de sanadores tradicionales que aún está vigente. Están ahí medios ocultos: fueron perseguidos. Hoy en día, todavía, le gente te cuenta: ‘Si yo digo que hago tratamiento me tratan de bruja’. Entonces el proceso a los brujos sigue. Nosotros tratamos desde la unidad de fortalecer esos saberes, de que trabajemos juntos. Yo puedo hablar de virus, de bacterias, usar cierta terminología, pero el origen de la situación habitualmente está en hechos de vida. La gente le encuentra la explicación propia. Y esos hechos de vida tienen mucho que ver con la leyenda, con la mitología, con los seres, con que no se respetan los espacios del otro, con las envidias, con las corrientes de aire, con los vientos. Es decir: hay una serie de elementos de la naturaleza que uno no ha respetado en este mundo ‘moderno’ y que ha generado muchas de las enfermedades que tenemos. Y sin embargo, la única propuesta que tenemos como solución es: más especialistas, más medicamentos. No hay una mirada desde la socioculturalidad del tema. Y en la socioculturalidad entran los mitos y leyendas, y entran como causas clarísimas ya de desequilibrio”.

En una recorrida por el Chiloé profundo, Jaime Ibacache detiene su camioneta delante de la casa de la señora Purísima, a quién prometió llevarle una filmación en la que aparecen como protagonista ella y su hija. La señora Purísima recibe al médico y al cronista argentino y no los deja ir sin que antes tomen unos vasos de chicha de manzana, y que prueben unas prietas (morcillas) hechas con un cerdo que carnearon el día anterior. Su hija, entretanto, pone el video en el DVD para ver las imágenes en las que aparece. Ella es una mujer buzo que trabaja para las salmoneras.
Durante el camino de regreso, Ibacache cuenta cómo fue cuando llevó a su colega kinesióloga a lo de la señora Purísima a hacerse tratar un esguince con el raspado de cacho de Camahueto.
 
–¿Y funcionó– pregunta este cronista.
 
–Claro– responde el médico.
 
Después de unos minutos de silencio, la pregunta surge naturalmente, sin que se pueda contener.
 
–¿Y de dónde sacan el cacho?
 
–Del camahueto– responde Ibacache, y no dice más nada. Apenas sonríe, mientras en el Chiloé profundo atardece.

Eliezer Budazoff
De la Redacción de UNO
ebudazoff@unoentrerios.com.ar. A

2 comentarios:

Solecitus dijo...

Que buen reportaje! =)

José Luis Vargas dijo...

lo encontré notable, está muy bien escrito...